Opina Antonio Calabrese: Lastima (sin acento) y Lástima (con acento)

OPINIÓN

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Presidente argentino, Alberto Fernández / Foto: @DiputadosAR Twitter

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de lacity.com.ar.

 

 

 

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Ramón Columba publicó un exquisito libro llamado «El Congreso que yo he visto», en el que contaba viejas historias y anécdotas que se repetían en sus pasillos y en pasos perdidos a fines del siglo XIX y a principios del XX, siendo testigo, inclusive, de algunas de ellas, en función de su labor de taquígrafo en el Congreso de la Nación.

Recuerda allí debates y discursos épicos protagonizados por demócratas verdaderos, como Leandro Alem, Carlos Pellegrini, Domingo Faustino Sarmiento, Lisandro de la Torre, Joaquín V. González, Alfredo Palacios, Aristóbulo del Valle, Belisario Roldan y tantos otros que prestigiaron a la República.

No quiero pensar cómo se habría sentido al ver sentado en esas históricas bancas a Daniel Scioli, designado embajador, habiendo cumplido funciones extraoficiales como tal ante el gobierno designado, es decir siendo representante del Poder Ejecutivo, no otra cosa es un embajador, ocupando simultáneamente ahora y sin hesitar una banca de diputado, para ejercer funciones que corresponden a otro poder, el legislativo, solo para dar un quorum lamentable en forma circunstancial para evitar un papelón del oficialismo, pese a no saber qué se trataba ni lo que se votó como demostraron videos y entrevistas posteriores que circularon profusamente.

Esta mezcla, esta confusión, este cambalache institucional propio de un gobierno incompetente e improvisado que lanza golpes a ciegas para ver si acierta con alguno, lastima, (sin acento), del verbo lastimar, porque hiere, duele, agravia, porque es típico de autoritarismos gobernantes en sociedades carentes o con pocos signos de civilización.

Hoy al comenzar su discurso el Sr. Presidente, sin solución de continuidad, demostrando un singular concepto de la vergüenza y el amor propio, lo hizo con un homenaje a la verdad, una descalificación a la mentira y a la hipocresía, revalorizando el valor de la palabra como único instrumento de confianza, con lo cual parecía hablarle a un auditorio extraviado, ausente de juicio crítico, sin memoria y de otro país.

Tan luego él, que fue capaz de denunciar por los delitos y acciones más graves a quien después defendió sin ninguna razón del cambio de sus dichos, que fue capaz de alterar los mismos de la noche a la mañana con tal de afianzar una posición por la que acreditara escasos méritos, por la que no demostró antecedente alguno, para la que no tenía un voto personal como no fuera el de sus amigos (bastante pocos) y su familia.

Un Hombre que no dudó en aparecer en todos los medios, en todas las formas públicas posibles, llamando a la sanción y el repudio de aquello por lo que después se transformó en el primer defensor amenazando a los que pretendían hacer justicia y que compartieran su primera opinión.

Un hombre que en nombre de esa justicia repudió el asesinato del Fiscal Nisman participando de las manifestaciones tendientes a su investigación para después desde el poder o en su búsqueda, dudar de la hipótesis abriendo la puerta a una rectificación ilegitima de las pericias que así lo indican sembrando dudas sobre la existencia de un posible e inexplicable suicidio.

Un travestismo singular, un ejemplo de fallas éticas difíciles de disimular, un modelo de todo lo que una persona pública no debería ser.

El ejemplo de confusión institucional nos degrada como nación.

No se trata de tenernos lástima (con acento), es decir pena o compasión porque eso pueden hacerlo los extraños, los que son testigos o terceros, los que ven el proceso desde afuera, pues para nosotros que estamos adentro, nos lastima (sin acento) (del verbo lastimar) porque como decimos, nos hiere, nos duele, nos desgarra, al tratarnos como si no tuviéramos capacidad de entender, intentando quebrarnos, pretendiendo dejarnos indefensos ante la mentira.

Hubiera sido mejor y más sano empezar con un «mea culpa».

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